Juego de tronos

El invierno se acerca, y
en viento del norte los reyes mueren.
El lobo se integra al hombre
insignia que sobrevive. ¡Bastarda!

A una familia de leones sin mano de guerra
que en la traición queda su más fiel amigo.
Prostitutas y vino en callejones oscuros,
el enano presume su hombría a tientas.

Bodas y celebraciones donde,
los poderos mueren bebiendo del otro
sal y hierro, vírgenes y madres.
Un poder perdido por un loco muerto.

Juego le llaman, al feudalismo oculto
donde cuervos y susurros hablan sin tiempo.
Cruzando los mares el sexo es el oficio
que llevará la furia del fuego hasta la noche.

Todos arderán finalmente. Fe, amor y bondad
son las picas donde yace el destino
de aquellos que quisieron tener un trono
de mil espadas. Todos arderán en el infierno…

¿qué tan frío será aquel fuego sin dioses viejos o nuevos?

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No te olvides de tu amante

No te olvides de tu amante, aquel que procura tu llegada a casa y que labios carnosos deseas. No temas de que yo me marche, serán las cuatro de la mañana y yo por infortunio de amor y odio, por la avaricia de mirarte despertar, seguiré aquí, soñando contigo. No te olvides de tu amante, aquel que compra vino y uvas frescas aquel que miras a lo lejos y brillas como cuando yo te veo dormir al alba.

Utopías y Realidades

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Entre una taza de café que propone vida y otra que siembra muerte, ocurre una variedad de micro historias y poemas de la ciudad y la naturaleza.

“Utopías y realidades” es un conjunto de retratos que con la palabra se agudiza la existencia humana. Semillas de ironía crecen como sombras entre los pasos de los personajes de la cotidianidad.

El campo y la urbe son formas de vida que encuentran su parte maldita entre las bendiciones de cada espacio.

Los ambientes naturales y la metrópoli te abrazan para dejarte una sensación que te acompaña y te refleja los sueños enraizados en eso que llamamos realidad.

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Editorial Grupo Rodrigo Porrúa

Un libro que es dedicado a Mauricio Mallet Riveroll

Prólogo por Andrés García Barrios

Color de la tarde

Una farola pintó su rostro del color de la tarde, después, entre la negrura ella desapareció mientras él seguía despidiéndose.

 

El cuarto que la habita

El recuerdo me asusta
esa mujer sentada en mis piernas
desnuda como la luz que la toca

exhalando en cada movimiento
aire de más, aire que vuelve

y que respiran las luces
que enciende la noche, tibia

como el cuarto que la habita.

Piedras en el estómago

Él ave se tragó una piedra, el cortejo me llevó a los pilares. Al fondo sentada en una banca de hierro, un cuello estirado y una sonrisa de levedad. Ojalá supiera cómo conocerte, que la distancia en el jardín no fuera tanta, ojalá que tus ojos se clavaran en mí y vieran que soy un hombre que observa cómo su alma se le escurre por los dedos y se vuelve el viento que tu indiferencia respira.

Gira, quitate esos lentes de sol y muéstrame tus ojos, deja que las sombras de los árboles se extiendan hasta que me dejen sentarme a lado tuyo y decirte esto que pienso mientras te observo oler las flores y mirar las aves volando con piedras en el estómago.

La luz de la muerte

Para el sollozo de las doce del día

una sola nube cubrió los cielos

la voraz luz que entraba por la ventana

se sometió y dejó una huella sutil en su rostro.

Cuando el té estaba listo

y se había detenido el temblor de la tetera de plata

el cuerpo frío en esperanza eterna

se encontraba bañado por la luz de la muerte

sentado en su sillón de otoño.

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